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Una rosa en la penumbra de Antolín Dávila

Del amor a la locura

Osvaldo Rodríguez P. (*)

Quizás, por deformación profesional de quienes nos dedicamos a la literatura desde una perspectiva crítica, antes de entrar en la nueva novela de Antolín Dávila, son necesarias algunas referencias preliminares sobre la producción narrativa de este autor canario que ya ha publicado ocho novelas y dos libros de cuentos, un número de obras suficiente que reclama, sin duda, un estudio  de conjunto para comprender y valorar la evolución literaria de este escritor y situar, en su contexto evolutivo, la significación de esta última novela recién publicada con el sugerente título de Una rosa en la penumbra (Anroart Ediciones, 2007). Con las limitaciones propias de espacio, hagamos algunas referencias sobre la obra anterior de este escritor, cuestión necesaria ya que, la nueva novela de Antolín Dávila, es un texto de madurez, de síntesis, a la vez que representa una auténtica superación en el curso de su producción literaria.  

            Desde sus primeras novelas se pone de relieve la desbordante capacidad fabuladora de este autor que, poco a poco, ha ido perfeccionando las técnicas literarias que encauzan la fabulación novelesca. Será en su primera novela, Una orla para todos (1988), donde se echan las bases de ese fabuloso universo narrativo, a medio camino entre lo rural y urbano, que persistirá hasta ahora, en su última obra.

            Pero el autor, que hace suyo el aserto machadiano se hace camino al andar, publica luego La calle de la Concordia (1989), novela de título irónico centrada en ese barrio que se convierte en macropersonaje, en tanto símbolo de las pasiones humanas que rigen la convivencia de sus habitantes, donde la interiorización de la anécdota narrativa nos permite penetrar en la conciencia de los personajes que se mueven en aquel mundo cerrado, asfixiante, muy similar a la atmósfera que enmarca la vida y las pasiones de los personajes del barrio de Canterías en Una rosa en la penumbra.

            Después vendrán tres obras de diferente registro narrativo y todas discurren por un universo marginal, a medio camino entre lo rural y lo urbano. Son espacios mínimos que conforman un particular universo simbólico habitado por personajes que deambulan por la vida cotidiana cargando sus pasiones, sus esperanzas y desesperanzas, sus ilusiones y desilusiones, sus sueños y su prosaica realidad doméstica. Así, en El cernícalo (1990), seguimos la historia de Moisés, el niño odiado por su abuelo y olvidado por su padre, que desaparece para siempre con el ave de rapiña que se había convertido en su único amigo. En esta novela, junto con el humor irónico que inscribe la escritura de este autor en un doble registro de comprensión, se ponen de relieve también otros procedimientos narrativos próximos al realismo mágico garcíamarquiano situando con toda naturalidad lo portentoso, lo fantástico y exagerado en el ámbito de lo cotidiano, de lo doméstico.

            Posteriormente, en la narrativa de Antolín Dávila, persiste ese regusto agridulce  que puebla su mundo novelesco, tanto en El roble del olvido (1991) como en El eucalipto azul (1992/1993), donde tanto el roble como el eucalipto son mudos símbolos testimoniales de un microuniverso humano marcado por la desesperanza, a pesar de las dosis de humor sabiamente administradas por el narrador para evitar todo efecto dramatizador o melodramático.

            Después de la publicación de dos novelas cortas, La sombra de los grillos (1993-1994) y El amigo de humo (1994), aparece Alguien cabalga sobre su seno (1996). Una novela que, pese a su registro humorístico, discurre por el territorio de la frustración humana carnavalizada hasta lo grotesco. Con esta obra se cierra, a mi juicio, una etapa de la producción novelesca de Antolín Dávila.

            Al cabo de un largo silencio, sólo interrumpido con la publicación del libro de cuentos La feria de los lindos sueños (2006), después de diez años, aparece Una rosa en la penumbra, sin duda, una obra de madurez, en el que el autor, junto a su natural capacidad fabuladora, no sólo pone en práctica los procedimientos narrativos anteriores, sino que los supera con creces a través de una historia fascinante protagonizada por personajes bien delineados, cuyas acciones conforman el micromundo humano de Canterías, barrio periférico de la imaginaria ciudad de Tornas.

            Esta nueva novela de Antolín Dávila, Una rosa en la penumbra, está precedida por una doble cita. La primera pertenece a Pablo Neruda y alude a la tormentosa relación amorosa de Antuán Constantino, el protagonista, con la misteriosa y esquiva Helga Tarbonano, que sólo una vez responde a los requerimientos amatorios del personaje. Así, el verso de Neruda, reproducido en el epígrafe que encabeza la novela expresa toda la intensidad de ese idealizado amor oculto, resguardado por el silencio: En un beso sabrás todo lo que he callado. La otra cita es de Séneca, cuyo texto alude a ese fatum trágico que preside la vida de los personajes sin destino, sin rumbo fijo, sin metas, en definitiva: No hay viento favorable para el que no sabe adónde va. Afirmación no sólo aplicable al protagonista, sino a todas aquellas existencias grises, anónimas, que deambulan como fantasmas en aquel universo el que se dan cita las más diversas pasiones humanas.

            La novela, de veintitrés capítulos y un epílogo, realmente atrapa al lector por la dinámica de las acciones de su trama argumental. Es la historia de Antuán Constantino, un hombre ya cincuentón, cuya vida está marcada por un oscuro pasado que condiciona su conducta apocada, contradictoria del personaje y lo convierte en un hombre gris, indeciso, solitario, que va por la vida sin rumbo fijo hasta encontrarse con el único amor que da sentido a su existencia. Nieto de Magdalena la Magna, decana de las prostitutas del barrio de Canterías, Antuán Constantino se repliega sobre sí mismo y su único amigo será el profesor Restituto Altamirano, uno de los personajes más logrados de la novela. Hombre que hace gala de una sabiduría impostada, único confidente del protagonista, lo consuela y aconseja con expresiones sentenciosas en latín que le dan una nota de humor a la obra. Pero detrás de esa apariencia de hombre sabio, curtido además por supuestas experiencias revolucionarias, se oculta la frustración de un ser que, como todos los demás del barrio, no ha salido de su entorno gris sino a través de sueños incumplidos.

            Si la historia de amor protagonizada por Antuán Constantino y Helga Tarbonano constituye el hilo conductor del relato, el barrio de Canterías es el auténtico personaje colectivo de la novela, un microuniverso marginal, periférico, como lo son sus habitantes cuya existencia cotidiana conforma un mundo abigarrado donde se dan cita la esperanza y la desesperanza, la soledad y la solidaridad humana, las expresiones más grandes del amor y la amistad, así como las no menos grandes manifestaciones del odio y la enemistad, todo en un marco pasional que no deja lugar a la ambigüedad en ese ámbito donde la realidad siempre acaba imponiéndose a los sueños. De todos modos, no se crea que esta sea una novela amarga, porque el humor sabiamente dosificado en la obra cumple la función de desdramatizar aun las situaciones más dolorosas. Tal es el caso, por ejemplo, de la muerte del entrañable personaje Restituto Altamirano, que finalmente viene a convertirse en abuelo del protagonista; o la mujer del difunto, nombrada como condesa, que en ese doloroso trance y como prueba de amor frente a los sueños revolucionarios de su marido, adorna su luto con el símbolo comunista de la hoz y el martillo:

            “La condesa no tardó en llegar, medio peinada y vestida de luto riguroso, aunque con una estampa sujeta con un imperdible en la solapa del vestido: la hoz y el martillo amarillo sobre fondo rojo.

            -Quiero hacer feliz así, por última vez, al único hombre que he tenido. Yo creo que le va a gustar”.

            Se impone, en definitiva, la comprensión, producto del amor, proyectando los sueños de este revolucionario frustrado más allá de su propia vida. Sentimiento que también se deja traslucir en la esquela que le manda a confeccionar su discípulo y amigo Antuán Constantino, encabezada por una cita en latín que alude al espíritu revolucionario de su maestro, que traducida dice: Los cobardes agonizan ante la muerte, los valientes ni se enteran de ella”. Por otra parte, en la redacción de esa misma esquela, de nuevo se impone el tono agridulce que caracteriza el estilo novelesco de Antolín Dávila, ya presente en relatos anteriores, pero que aquí, en su nueva novela Una rosa en la penumbra, alcanza su más alto nivel expresivo.

            Del mismo modo, hay que destacar en esta obra de madurez otro notable procedimiento narrativo que hace más interesante aún la lectura de esta novela, y se trata del particular uso del correlato histórico que le permite al autor entrelazar el tiempo y los sucesos de la ficción novelesca con acontecimientos de la historia externa, pero paralela con dichos sucesos ficticios, situándolos en un mismo nivel de realidad: el autor ficcionaliza la historia, al mismo tiempo que hace de la fabulación novelesca una realidad como expresión simbólica de la condición humana. Así, los avatares de aquellas vidas grises que se mueven en el micromundo del barrio de Canterías resultan ser no menos importantes que los grandes acontecimientos históricos que enmarcan su existencia: el derrocamiento de Stalin, la invasión de Checoslovaquia, el Mayo del 68, la muerte de Martin Luther King o la de Salvador Allende.

            Por último, cabe destacar otro procedimiento narrativo, al parecer inédito en la obra anterior de Antolín Dávila. Se trata del relato dentro del relato, técnica que el autor utiliza con ironía al inventarse un álter ego que, con el nombre de Dionisio Eminencia, aparece junto al protagonista, Antuán Constantino, en el último capítulo de la novela con ocasión del funeral de su amigo Restituto Altamirano. Allí se dan cita el marido de su amada Helga Tarbonano, pero también está el fingido doble del autor, Dionisio Eminencia, que escribe exactamente la misma novela que el lector podrá leer. Así, en el Epílogo de la obra, aparece el protagonista de la novela preguntándole a su autor en la ficción narrativa sobre el final de su propia historia.

            En definitiva, esta obra de Antolín Dávila, nos demuestra que el autor ha sabido hacerse camino al andar porque, no sólo el entramado argumental sino también las técnicas narrativas utilizadas en ella, nos ponen frente a un escritor maduro que domina el arte de novelar, para deleite de sus lectores, representando esta novela bajo el título Una rosa en la penumbra, sin duda, un gran aporte a la literatura de Canarias.

 

(*) Catedrático de Literatura Hispanoamericana de la ULPGC

 

 

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