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- Presentación:             “Una rosa en la penumbra”

- Presentadores:           Osvaldo Rodríguez Pérez

                                      Catedrático de Literatura Hispanoamericana de la ULPGC

                                      Jorge Alberto Liria

                                      Editor

                                      El autor

- Fecha:                        Día 17 de abril de 2007, martes

- Hora:                          20.00 horas

- Lugar:                        Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés

                                      Las Palmas de Gran Canaria

 

“Querida Helga:

                   No sé por qué miro el reloj con la única intención de calcular dónde estás ahora, para imaginarte tal cual, cuando apenas empieza la noche, una noche a mi entender poco estrellada, tal vez porque todo me parece algo más negro cada día, sobre todo en lo concerniente a nuestra relación amorosa, y a mi vida, que de ella depende en gran medida, como habrás podido comprobar en los tres encuentros que hemos tenido, pues si a mi edad y a mi falta de experiencia en las cosas del amor, de un tirón, le sumas la soledad que me adorna y mi pasado un tanto lastimero, entonces podrás llegar al resultado del pobre hombre dominado por un estado de enamoramiento fatal y misterioso y desordenado, que no sabe por dónde abrirse camino, quizás porque tú, querida Helga, te niegas a liberar tus sentimientos hacia mí”,

 

Buenas noches:

Una rosa en la penumbra, mi nueva novela, me exige toda una serie de agradecimientos que debo citar aquí, esta noche, porque ya sabemos que, y nunca debe ser un refrán manido, de bien nacidos es ser agradecidos.

                   En primer lugar, y una vez más, es un inmenso orgullo para mí contar con tantos amigos y amigas, todos ustedes, sentirme acompañado por tanta gente que, de una u otra manera, está aquí bien por mí mismo bien por la obra literaria que nace, al fin y al cabo lo más importante.

                   Como no es lo mismo emprender el camino cargado y en soledad que cargado y bien acompañado por el pensamiento y la palabra, mi agradecimiento infinito a Osvaldo Rodríguez, catedrático de Literatura Hispanoamericana de la ULPGC, porque significa un respaldo muy importante para mí como persona y como escritor, máxime tratándose de él, valedor de mi literatura desde mis novelas La calle de la Concordia y El cernícalo. 

                   Gracias, Osvaldo: muchísimas gracias.

                   También mi agradecimiento al…

                   Profesor Lorenzo Doreste, por su interés en mis dudas.

                   A la profesora Trinidad Arcos, por su ayuda en las cosas del dichoso latín.

                   Al profesor Manolo Mengíbar, por su seriedad como lector previo.

                   A Jorge Liria, por todo, y a Noelia, por aguantarme.

                   Y finalmente,  mi agradecimiento, por su consejo cuando empezó a nacer esta novela, a alguien que no ha podido estar esta noche aquí muy a su pesar y muy a mi pesar, aunque percibo su presencia como si lo estuviera, en el corazón, a alguien digo que es tan grande para mí y que es grande por sí mismo, sobre todo y además como persona: mi hijo Eduardo.

                   Pero… esta noche yo estoy aquí como mensajero, como vocero de un buen número de personas que viven en la calle Sola del barrio de Canterías de la ciudad de Tornas, un barrio muy peculiar, con sus catorce casas alineadas y todas con idéntica fachada, con un callejón de separación entre ellas, por si acaso, y dos piedras vivas como mojones para que nadie se confunda dónde están sus límites.

                   Acabo de salir de allí, si es que aún no lo estoy, tampoco lo sé a ciencia cierta, y me gustaría que ustedes lo conocieran, y espero que todos estén muy pronto subiendo su pedregosa cuesta de acceso, descubriendo la idiosincrasia de este lugar y los pálpitos de su gente, sus rasgos y caracteres, sus amores y desamores, sus penas y sus alegrías, sus aromas y sus alientos, sus peripecias vitales en fin, poco a poco, como quien va en busca de una rosa en la penumbra y teme ser herido por alguna espina.

                   De modo que estoy aquí como vocero o mensajero de todos los habitantes del barrio de Canterías como, por ejemplo, de Honorato, más conocido por el Gato, quien me ha pedido que le lleve una docena de voladores a mi regreso, porque ya se le han terminado los que le dieron para la fiesta en honor de Magdalena, la Magna, y está cansado de coger ratas y cucarachas en los callejones que conforman dos a dos las casas de la calle Sola.

                   También mensajero de las niñas Padronas, esas maduras y religiosas y santas mujeres tan vírgenes como llegaron al mundo, por la Gracia de Dios y el Espíritu Santo, que mientras bajaba yo la cuesta del barrio, así, con las manos juntitas las dos y al unísono, me han rogado que les compre un escapulario morado, para ponerse mientras recen por las tardecitas en honor a la Virgen del Carmen el escapulario, es decir, el rezo siete veces del padrenuestro, con el avemaría y el gloriapatri. Total, les compraré una pieza de tela y que se lo hagan ellas mismas, y ya después que don Conrado, el cura, si quiere, se los bendiga. Me han prometido las buenas mujeres un dulce con un agujerito en el centro, cuando regrese, esos dulces que ellas han hecho tan famosos en la ciudad de Tornas.

                   Clarita, la hija de Magdalena la Magna y madre del bueno de Antuán Constantino, aún dolorida y para siempre, me recuerda que debo denunciar al hospital de La Caridad y a las monjas de la congregación Hermanas de La Caridad de la Asunción, sobre todo a sor María de la Salud, quien trató de abofetearla y le dijo mientras paría algo así como: “Sufre, hija, y no olvides, que Dios tampoco se olvida de las pecadoras como tú”.

                   Bueno, en cierta medida, y como comprenderán no me siento en condiciones de complacerla, ni de siquiera decírselo a ustedes, pero en fin: Carmela, la Dichosa, esa mujer de armas tomar que ha estado con miles de hombres pero que sólo ha amado al más tonto, pues Carmela, total lo digo, me ha solicitado que le compre unas braguitas encarnadas para ondear en señal de paz ante la policía cuando venga a cerrarle su casa de citas; no sé si podré hacerlo.

                   “El volumen de la radio estaba alto, quizás demasiado. La voz del locutor era tan buena que por sí sola merecía la pena escuchar lo que fuera, incluso las malas noticias. Carmela, la Dichosa, lo miraba con cara de loba que está a punto de atacar a su presa. Desde ayer, tropas rusas avanzan sobre Checoslovaquia.

                  Con una pericia digna de encomio, le desabrochó y le quitó la camisa y luego hizo lo mismo con su blusa, tirando enseguida las dos prendas sobre una silla con exactitud milimétrica dejándolas casi colocadas para que no se arrugaran demasiado. Mientras ayer ardía Saigón, hoy París se ha convertido en la sede de la guerra y de la paz.

                  El pantalón y los zapatos de Antuán Constantino desaparecieron como por arte de magia, y la falda negra de Carmela, la Dichosa. Al mismo tiempo que americanos y vietnamitas inician los tanteos para el futuro acuerdo, los estudiantes franceses asolan la ciudad de París.

                  Las bragas y el sujetador de la mujer acabaron enseguida bajo la almohada, acompañados de los calzoncillos ennegrecidos y raídos de Antuán, que por el miedo más parecía que estuviera en el mismo centro de la ciudad de Saigón. Más de quinientos heridos y otros tantos detenidos ayer, durante las manifestaciones del barrio latino.

                  Y ya no logró escuchar ni una sola noticia más, porque Carmela empezó a transitar con las manos de santa que Dios le había dado todo su cuerpo, y después con los labios despegados de par en par, desde la frente a los pies sin obviar zona alguna, es más, deteniéndose en las principales, pero desgraciadamente Antuán no reaccionaba como en medio de los callejones de la calle Sola, dejando en el risco con sus eyaculaciones figuritas de humedad parecidas a la porcelana, sino que se echó a llorar y a temblar como una vara verde, quizás porque le daba grima, o asco, y pena a la vez”.

                   La verdad es que, Carmela, la Dichosa, con esas manos de santa y esa sonrisa angelical que Dios le dio, ha sido capaz de todo, incluso de iniciar en el amor a un muchacho mientras las tropas rusas avanzaban sobre Checoslovaquia como ha quedado dicho, ardía Saigón y cientos de heridos se amontonaban en el barrio latino de París. Aunque más importancia para ella, desde luego, ha tenido que Rosendo y Felisita hayan instalado, en el callejón entre los números 11 y 12 de la calle Sola, una granja de gallinas: ¡eso sí que ha sido importante para ella!

                   Y me pide que lo cuente aquí, ante ustedes, por si hay alguna autoridad y toma medidas, pues que los hombres que la visitan regresen a sus casas con ese hedor a gallinas impregnado en sus cuerpos es tan triste como muy perjudicial para ella.

                   Juansito, el vecino de la casa número 3 de la calle Sola, por su parte, me dice que si tengo tiempo me fije en cómo colocan aquí los botes de aceitunas y las latas de carne en conserva, los manises y las chufas, y todo en general, porque a él ya no le compra nadie, sólo le entran a su tienda las moscas y los moscones.

                   Ramón, el barbero, apostado como siempre en la puerta de su casa y también barbería, en el número 7 de la calle Sola, cuando me vio salir me ofreció un afeitado gratis, a cambio de que le consiguiera un periodista que contara su historia con la única mujer que convivió, y que casi le cuesta la cárcel por cierto, porque él no sabía ni que habían puesto una bandera republicana en su azotea y mucho menos que, precisamente aquel día, estuvieran suspendidos los artículos 14 y 18 del Fuero de los Españoles y la universidad de Madrid estuviera cerrada a cal y canto por los disturbios que se estaban produciendo. Qué disgusto para el bueno de Ramón, también conocido por el Que le digo yo a usted, cuando lo obligaron a salir con las manos en alto y los ojos cerrados, acusándolo la policía armada a grito pelado de enemigo del Régimen y del Caudillo.

                            Incluso esta noche estoy yo aquí como mensajero de Magdalena, la Magna, una mujerona rubia, decana de las prostitutas del barrio de Canterías, quien me ha pedido que reivindique ante este auditorio el abuso cometido con ella por defender a su hija, Clarita, obligándola a pasarse encarcelada veinte años y un día en la prisión de la ciudad de Tornas.

                   Además, y agradecida como ella sola, me ha dicho que aproveche y pregone aquí todo lo bueno de sus vecinos de Canterías, de cómo la defendieron cuando lo necesitó, de qué fiesta más bonita le hicieron cuando regresó de la cárcel,  de cuántos regalos recibió de todos.

                   No desaprovecha la ocasión Magdalena y me pide un favor, que no sé si se lo podré hacer, y es que le compre unas botas de media caña, como las que ha llevado toda la vida, y un lápiz de labios de un rojo endiablado, porque ella ya no puede bajar a la ciudad de Tornas desde que se cayó subiendo las escaleras de su azotea adonde iba a tender la ropa.                           Finalmente, Magdalena, la Magna, me rogó que no hablara de sus dos grandes amores, porque el nombre de ellos se los quiere llevar a la tumba, aunque siempre todo se sabe, y todos ustedes terminarán enterándose más tarde o más temprano.

                   Así, estoy como mensajero además de un tal Antuán Constantino, un buen amigo mío, cincuentón y solterón, y buena gente, que con esa forma de ser suya tan sumisa y de tan poco carácter, quizás por las tesituras que ha pasado durante su vida desde el momento en que fue fecundado, me encarga que si por casualidad, aquí, entre ustedes, sabe alguien cómo conseguir a la mujer que se ama en silencio, cómo llegar al amor que parece inalcanzable, cómo incluso poder vivir amando sin ser amado y cómo, finalmente, acabar con el amor cuando se quiere tener, pues eso, que si alguno de ustedes tiene la fórmula me la dé para transmitírsela, pues quizás de esa manera pueda… bien acabar con su agobio amoroso bien alcanzar el amor desprendido de su particular Venus: la bella Helga Tarbonano.

                   Pero es que, al propio tiempo, la misma Helga Tarbonano, hermosa como ella sola, de labios finos y sonrosados, quizás enamorada o quizás no, me comenta que puedo hacer mención al efímero beso en los labios que un día correspondió, sin saber por qué, en un cuartucho de los estibadores allá en el puerto.

                   Me insiste en que está muy confundida. Me afirma que a lo mejor nunca debió cruzar la calle que despertó el amor en un hombre como Antuán Constantino, y su propio amor. Y aprovechándose también de esta circunstancia, me dice que tal vez entre todas las mujeres que hay aquí, entre todas ustedes, amigas mías, alguna pueda aconsejarle sobre lo que debe hacer, si seguir con su monótona vida o entregarse al bueno, al cándido de Antuán Constantino, un hombre incapaz de distinguir cuando un beso es dado por amor o por caridad.

                   Me acaba rogando Helga que sea prudente al contar su historia, porque se puede enterar su marido, y yo así lo hago, no hablar más sobre el tema, entre otras razones porque tampoco conozco muy bien la intimidad de esta mujer, ni Antuán Constantino, por mucho que la haya mitificado, hasta el punto de confundirla o quererla comparar con las Venus de Botticelli, Velázquez, Tiziano, Carracci o Veronese: ¡eso sólo le ocurre a los enamorados!; verdad es que él teme mucho de una frase revolucionaria que le dijo el profesor Restituto Altamirano: “El que habla del amor destruye el amor”.

                   Y precisamente, de quien verdaderamente traigo muchos mensajes es del insigne profesor don Restituto Altamirano de las Cuevas, residente en la casa número 1 de la calle Sola del barrio de Canterías. Qué impertinencia la del viejo profesor: no se ha cansado de insistirme en que yo les cite a todos ustedes una frase en latín, cosa que no voy a hacer, por supuesto, por mucho que él se empeñe, aunque Dios me libre cuando regrese a la calle Sola y se entere de que no lo he hecho: igual me da en la misma coronilla con su bastón de acebuche con contera de hierro fundido.          

                   Sin embargo, tal vez por lo interesante de su vida, aparte de lo que le gustan las galletas con relleno de coco, sí les transmitiré algunas de sus vivencias revolucionarias, porque el profesor, al parecer, ha sido un hombre de mundo y muy inconformista, hasta el punto de tener como paradigma personal a John Fitzgerald Kennedy, aunque su alma revolucionaria lo llevó por otros derroteros.

                   ―Diga usted ―me espetó―, que yo me he codeado con Martin Luther King y con Salvador Allende, que yo estuve encerrado en el Estadio Chile junto a Víctor Jara.

                    Bueno: queda dicho; cumplo con lo prometido, nada más.

                   Pero sobre todo, insistió el viejo profesor en que les contara a ustedes sus vivencias en el Mayo francés del 68, y aunque no me lo creo, de que este hombre haya sido el autor de muchas frases célebres escritas en esa época turbulenta, aquí las dejo como humilde vocero, por ejemplo, la que supuestamente escribió en la universidad de Nanterre:

                   “Y sin embargo todo el mundo quiere respirar y nadie puede respirar; y muchos dicen “respiraremos más tarde”. Y la mayor parte no muere, porque ya están muertos”.

                   Insiste el profesor Restituto Altamirano que no me conforme con esa frase escrita por él, sino que cite otras, al parecer también de su propio puño y letra mediante graffitis, aparte de en Nanterre también en Odeón y La Sorbona: para darle satisfacción al hombre viejo y majadero, aunque con todas las reservas del mundo de que sea él su autor,  sin remedio, aquí quedan:

                   ―“La imaginación toma el poder”.

                   ―“Sean realistas: pidan lo imposible”.

                   ―“Un pensamiento que se estanca es  un pensamiento que se pudre”.

                   Cuánto habla y cuánto sabe el profesor Restituto Altamirano. Cuánto ha vivido. Cuánto se equivoca, según el parecer del confundido Antuán Constantino, cuando dice que no existe el amor, sino la ilusión. Cuánto se jacta al afirmar que las mujeres son como aves de rapiña. ¡Qué barbaridad! 

                   Aunque no deja de ser un hombre muy peculiar el profesor,  con su ironía permanente, y ahora, ahora mismo recuerdo un diálogo que me contó y sostuvo el propio Antuán Constantino con él:

                   Le preguntó el bueno de Antuán:

                   ―¿Aún hace usted el amor, profesor?

                   ―Yo ya no hago ni el té, amigo mío.

                   Como mensajero de Antuán Constantino, Helga Tarbonano, Magdalena la Magna, Clarita, Ramón el barbero, Carmela la Dichosa y los demás, en su nombre, quedan todos invitados a conocerlos en la calle Sola del barrio de Canterías de la ciudad de Tornas donde, en un lugar preferente y en una especie de altar de madera labrada con motivos de cientos de letras, de grafías, hay expuesta una rosa en la penumbra.

                   Me gustaría terminar esta noche con una de esas frases del Mayo del 68, con el beneplácito de Antuán Constantino y Helga Tarbonano, el asentimiento de Magdalena, la Magna, y a petición, claro está, del profesor don Restituto Altamirano de las Cuevas:

                   ―“Decreto el estado de felicidad permanente”.

                   Muchas gracias. Buenas noches.         

 

 

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