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“Presentación de La feria de los lindos sueños

 - Autor:          Antolín Dávila

 

                  Pero… no quiero que quede aquí mi participación en este acto, y no quiero porque, tampoco me parece adecuado dejar que se escape la oportunidad de hacerles partícipes a todos ustedes del hermoso, del sublime acto de crear mundos de ficción en busca de la verdad, capaces de absorber la vida del ser humano a través de la palabra.

                   Un viejo filósofo sofista siciliano-ateniense, Gorgias, negaba cualquier tipo de verdad objetiva, extendiendo tal negación a las normas morales distintas en cada pueblo, en cada época e, incluso, a lo largo de las diferentes etapas del individuo.

                   Por eso, Gorgias, destaca la importancia de la palabra y del arte de la retórica que enseña a manejarla. Y dice él que la palabra es la única forma de realidad, ya que es ella quien la inventa, la modifica y la comunica.

                   El ser, entonces, es lo que los hombres hablan, y su verdad es la capacidad de persuadir con la magia y el encanto del lenguaje, aunque no tenga relación con las cosas.

                   La palabra: hablada o escrita.

  

                   Por ello, atendiendo a lo que hoy nos ocupa aquí, la presentación de este libro La feria de los lindos sueños sustentado en 56 relatos, a través de las dos formas, la palabra hablada y la palabra escrita, el autor necesita como un acto vital, como algo en que le va la vida, llegar a todos ustedes a través de ella apoyándose en esos 56 títulos de esta obra, utilizándolos absolutamente todos, es decir, crear y transmitir un nuevo relato que apoye la hermosa teoría del filósofo Gorgias…: la palabra y su magia.

 

                   Si con este relato, donde aparecen esos repetidos 56 títulos, lo consigo, es que también habrá un dios de la palabra, y si no, amigos míos, ya ese peculiar dios se encargará de castigarme, si no ustedes mismos desde que salgan de este recinto.

 

                   Decía El mendigo sin voz que La máscara va por dentro, y tal vez tuviera razón porque, en La ciudad del infierno que se había convertido su vida, a veces se sentía como si fuera El trapero, rebuscando entre las viejas ropas de su existencia y encontrando sólo unos pocos Retales que merecían la pena, o El pescador de recuerdos, tratando de capturar la mejor pieza y recogiendo apenas sudores, lágrimas y hasta alguna mancha de sangre menstrua, queriéndose olvidar de la otra, de la que derramaron tantos hombres y mujeres por nada, (o por mucho: las ideas), como le ocurrió a su mismo padre, apenas por escribir la que durante la triste época de la Posguerra fue llamada La misiva gris, aquella carta que denunciaba las sacas nocturnas y la existencia de La casa del pájaro ahorcado, lugar en el que, al amanecer, muchos desgraciados aparecían colgados de la vigas de tea sólo por haber defendido a sus hijas o a sus mujeres, o simplemente haber dicho lo que pensaban.

                   Qué tiempos. Qué desgracia regresar con la memoria a los Tiempos locos de su juventud tan lejana, más allá del horizonte, muy bien enterrada ya en El cementerio de los arrastrados, el de tantos, lleno de tumbas sin identidad, donde Acerca del polvo apenas se decía que los gusanos se lo habían tragado todo y que sólo El muerto de cara alegre, con su camisa azul mahón, escudo reluciente con yugo y flechas y  boina roja bien estirada, llegó a morderlo gracias a él, a su osadía de joven revolucionario sin nada que perder.

                   Pensaba. Diría si pudiera a cualquier niño que se le acercara algo como Así es la vida, infante, que siempre castiga por los dos lados de la cara, y todo porque no fue solo la guerra, sino La batalla de los milicos que hubo de padecer después cada día durante casi 40 años, además de la otra, constante y desgraciada,  que duró encima 10 años más, la que soportó bajo el dominio de la que acabó llamando La dama negra, su difunta esposa, cuando no La mosca de María, por cojonera.

                  Qué tristeza acumulada verse transformado en El cordero de casa, y obligado a dormir, desde el mediodía hasta el día siguiente, durante mucho tiempo, demasiado tiempo, La siesta del perro, o el intento de huir de la triste realidad en aquel barrio que él ayudó a construir y nunca supo explicarse por qué lo denominaban El barrio de los agarrados, aunque más de una vez pensó que sería por lo tacaños que todos eran en torno a las cosas de la bondad y el amor.

                   Aún recordaba aquellas Vacaciones de martirio entre Vividoras y marrajos en El hotel de los gatos pardos, llamado así por la gran cantidad de ellos que recorrían pasillos y habitaciones en busca de lametones de sudores ajenos y eyaculaciones perentorias, o hacinados en La ratonera de un destrozado apartamento junto al mar, acompañados por amigos que él no había elegido, como El periodista y su mujer, La cantante desconocida, El fascista de sangre de azul y su esposa, La criada para todo, y El ciego del alma, que no era otro que su cuñado junto a su novia, La novia triste, llamada así pocas horas más tarde de casarse, porque antes de quitarse el vestido blanco, inmaculado, ya era una mujer viuda, quedándose como una indefensa paloma, La paloma blanca entonces: ¡cosas del destino!

                  El destino. El mismo que hizo de él un perseguido, El perseguido por tantas causas justas en las que aún seguía creyendo, sin poderlo remediar. Después de todo lo ocurrido, sabedor de Los hermanos del desierto que se fueron quedando en el camino de las ideas pedregosas y que lo convirtieron en El conferenciante de las pelotas contra el Régimen, nunca dejará de ser quien ha sido, El idiota soñador que, deambulando de un lado a otro, trataba de encontrar el número exacto de las cosas más importantes en la existencia del ser humano, El número del buscador errante, hallándolo finalmente en el 3: la paz, la igualdad y la libertad; pero por desgracia, le tocó sufrir una larga etapa de su vida en la que el día se confundía con la noche, aunque más bien todo era noche, La noche de los faraones que mandaban y gobernaban y disponían de la existencia de los demás empujando a todos hacia la cárcel, hacia El almacén de los miserables, donde un hombre juzgado y condenado por ser El asesino de las violetas  sólo decía haber escrito y recitado lindos poemas de amor.

                   Y ahora se encontraba el hombre intentando enterrar el pasado, el largo ayer, el triste y maldito ayer. Quizás, quizás fuera una Vana ilusión a su ya tardía edad buscar La joya perdida en el huerto, al fin y al cabo, el amor tan intenso y tan emocionante que sentía por La mujer de azafrán, a quien en sus noches de insomnios arrugados y pesadillas viejas la nombraba una y mil veces como La Niña de Oro, olvidadizo de que la edad no perdona, justiciera, por más que él se empeñara como un ladronzuelo, como El bajamanero con pies de tela de La casa de los idiotas que había en la ciudad, en conquistarla y hacerla su amada, convertir los años que le quedaban en pasión y en amor, y en un futuro que por más que se empeñara ya no parecía existir.

                   Cómo trataba de encontrar Pasos y dichas junto aquella mujer tan distinta a la que tuvo. Cómo le hubiera gustado construir El pedestal de su amor de anciano donde estaría esculpida la única ilusión que le quedaba, ella, con su imagen excelsa de diosa perenne, junto a La sagrada familia que hubiera sido hermoso haber podido formar, aunque ya todo parecía imposible, Los separados amores de los dos jamás podrían ser juntados, porque El abanico dudoso de la edad se encargaba de recordárselo a cada instante, machacón como él solo, como cuando se aseaba a duras penas y se imaginaba unir sus labios a los de ella, y sólo se veía en el espejo un labio, El labio del idiota pulcro de un pobre y viejo soñador que ya había transitado por todas las estaciones de la vida, alumbrándose apenas con La candileja que le habían dejado los demás.

                   La luz de la ensenada de su amor se había encendido demasiado tarde, y tan tarde; La escalera del doce, o los doce años de vida que le faltaban para cumplir el siglo, era demasiado pendiente para subirla, y si no lograba conquistar a aquella mujer mucho menos podría hacerlo; El saco del descubrimiento amoroso de su vida se había quedado sin fondo, y ya nadie, ni Dios, iba a coserlo, por mucha ilusión que él pusiera; y El camino de melaza del amor se había secado para siempre, o quizás lo habían dejado así las dichosas moscas con su impía obcecación.     

                   Pero a pesar de todo, al final, el hombre consiguió el amor, quizás porque se percató de que la vida, mientras durara, no la dominaba la edad, sino la palabra y su magia, en medio de un mar de atracciones como si se tratara de una verdadera feria, La feria de los lindos sueños, quizás.

 

                   Muchas gracias.

 

 

 

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