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Una orla para todos

            Esta primera novela de Antolín Dávila, aunque él despotrique de ella calificándola como una eyaculación precoz literaria y su pobre edición no ayude lo suficiente, tarde o temprano se descubrirá como una obra que encierra la verdadera idiosincrasia del pueblo canario.

              Con una mezcolanza de ironía y humor, el autor busca y encuentra y hace valer una atmósfera pueblerina tan perfecta que, en ningún caso, nadie podrá decir durante su lectura que no conoce ese pueblo, que ése no es su pueblo y que los personajes de ese pueblo no se han topado alguna vez con él en cualquier esquina.

 

               “El día que tomó posesión don Sigfredo las raíces de sangre azul pueblerinas temblaban, las alpargatas de esparto echaban chispas y doña Beatriz movía su mole rebosante de alegría y desbordante de poder.

          -    Las alpispas limpian el polvo del camino de la Virgen, de doña Beatriz y del señor alcalde.

             En aquel tiempo, todavía, los dedos eran dedos y los votos no eran votos...”.

 

                       "Los muertos del pueblo de don Macabeo no descansaban tranquilos por culpa de Ginés, el necrológico, y Pancracio, el Manitas Mortuorio, que gustaban de meterle mano a las muertas que estaban apetecibles. Se decía que el Necrológico agarró por los pelos a Adelaida Suárez al día siguiente de ser enterrada y le dio un beso en la boca, y que el Manitas Mortuorio, a los cinco años de la muerte de Anita la Caliente, le cogió una teta y ella se convirtió en polvo al instante".

La calle de la Concordia    El cernícalo    El roble del olvido  

  Alguien cabalga sobre su seno     Una rosa en la penumbra

 

 

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