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La feria de los lindos sueños

 

        La feria de los lindos sueños es un libro de cuentos de los que se desprende la convicción de que el sueño, en sus múltiples formas, entre las que destaca la lectura, es uno de los medios más efectivos para enfrentarse a la vida, o quizás sería mejor decir en su caso, de acompasarse a ella, porque rezuman también de estos relatos un vitalismo esencial. En «Pasos y dichas», la cotidianeidad se presenta como un rico caudal de placeres que el narrador se detiene a desmembrar y enumerar con morosa lentitud, para que nos hagamos cargo de que la felicidad está en lo que nos rodea, sólo hay que ser capaz de percibirlo como lo hace el escritor: «Pasar suavemente la mano por la barba ya rasurada es un placer, como un placer es descorrer la cortina y ver que ya ha amanecido, que el mirlo no se ha olvidado de cantar al nuevo día, que la calle seca o mojada está ahí para guiarnos sin mayores esfuerzos a nuestro destino diario» (p. 6).
        Antolín Dávila es uno de los más sólidos narradores actuales de la literatura canaria. La producción literaria de este escritor es amplia y ha obtenido diversos reconocimientos que hablan de su valía.
        Antolín Dávila es, sobre todo, un narrador de historias; un autor que se inserta en la tradición de los contadores de relatos que saben atrapar la atención del lector o del oyente, pues sus obras se caracterizan por poseer una gran fuente de oralidad. Es un don saber contar historias; más aún lo es poder contarlas a través de distintos formatos, como son la novela y el cuento.   

         Puede parecerle al neófito que, entrado en granero, todo es trigo, y que aquel que es capaz de componer una cantata ha de tener idéntica facilidad para crear una sinfonía o una ópera; o que un buen acuarelista ha de hacer unos retratos al carboncillo magistrales. En el campo de la literatura, como en otras facetas artísticas, la composición a través de distintos géneros o subgéneros exige unas determinadas formulaciones estéticas que no siempre se adecuan a las capacidades de los autores. Un poeta extraordinario no ha de ser necesariamente un buen novelista; un creador teatral de éxito manejará muy bien los resortes de la escena, pero a lo mejor se le escapan los mecanismos de la hechura novelística. Sin ir más lejos, nada menos que Cervantes se dolía por no ser reconocido como poeta en aquel Parnaso de la versificación que fue el Siglo de Oro, y en su Quijote, la novela más grande de la literatura en lengua española, introducía una y otra vez poesías en boca de sus personajes.
        No, al contrario; es muy complicado encontrar escritores que sean tan versátiles que alcancen a mostrar un buen manejo en los diferentes registros genéricos que les ofrece la literatura. Por ello, nos resulta tan valorable que Antolín Dávila sea uno de esos pocos elegidos que interpretan con habilidad pareja las partituras de las novelas y de los cuentos. Por nuestra inclinación investigadora hacia el territorio de la novela, conocíamos con más hondura al Antolín Dávila novelista; este libro que hoy tenemos en las manos, La feria de los lindos sueños, nos revela al hacedor de cuentos, a un cuentista sumamente dotado para las distancias cortas que la estructura cuentística demanda: inicios que son invitaciones formales a participar en el relato; desarrollos intensos, estrictos, nada superficiales, con una gran facilidad para aunar las intervenciones del narrador y la de los personajes; y unos finales sentenciosos, que dejan el cuento cerrado, pero sin brusquedad, como si fueran acabados en una especie de suspensión, que ayuda al lector a sentirse más cómplice aún de la historia y así continuar cavilando acerca de las múltiples facetas de estos sueños.
        Existe una multiplicidad temática en los cuentos que forman La feria de los lindos sueños. Desde la impronta de la Guerra Civil y las secuelas que producen la Posguerra, como vemos en “Vividoras y marrajos”, al universo infantil de “Vana ilusión”, pasando por la literatura negra en “El asesino de las violetas”, o el espacio de las aventuras de “La noche de los faraones”. Sí, se evidencia una gran variedad en cuanto a los asuntos tratados y a las anécdotas que se refieren, lo cual afianza esa capacidad cuentística de Antolín Dávila, pues, entre otras consideraciones estrictamente técnicas, un aspecto que condiciona al cuentista es la de encontrar vetas literarias casi a diario.
        De todos modos, bajo esa multiplicidad de relatos subyace una serie de líneas comunes, que, apurando mucho el análisis, se vertebra en una crítica reflexión de la sociedad en general –apuesta afortunadamente Antolín Dávila por el universalismo–, que acorrala al ser humano, hasta querer convertirlo en un guiñapo. El comienzo de “La criada” es de una crudeza tal que causa conmoción: «Asomada en la terraza, con su piel como un adhesivo, pegada a los huesos, sólo encontraba el cariño del perro ratonero que con el rabo la acariciaba a menudo, quizás recordándole que ya era hora de que robara algo a los señores para él» (p. 159). Sin embargo, no pensemos que La feria de los lindos sueños es un libro negativo. En modo alguno, pues, rescatando la idea con la que dimos pie a este prólogo, Antolín Dávila lo que hace, precisamente, es esquivar esa realidad irracional, ácida, con el envite de los sueños, que es el reclamo de la lectura. Cuando escribe se sueña y cuando se lee también, y a ello nos conducen estos cuentos que están dotados de una extraordinaria corriente vital. En todos, incluso en los que aparecen tintes más negros, se observa una escapatoria; en definitiva, una esperanza de soslayar el peso de la realidad. Y es gracias a los sueños, a la fantasía, a la ilusión, a la escritura…, como el autor logra alcanzar ese objetivo. “La mujer de azafrán” es un cuento con un título precioso, que sirve de base para este planteamiento que se generaliza en la obra: «Sentada en la loma, con la mirada perdida, la mujer de azafrán sueña, sonríe a mitad, traga saliva de vez en cuando y grita un ¡ah! lleno de alegría para que las montañas la oigan» (p. 195). La feria de los lindos sueños reúne todos los ingredientes para ser un espléndido libro de cuentos. Nos hemos detenido en sus aspectos argumentales; pero desde el punto de vista del estilo los textos revelan que detrás hay un escritor con un gran dominio de la escritura y también de la lectura. Amante de los detalles, en este sentido, cobra especial interés el uso de los epígrafes, de las citas escogidas que Antolín Dávila expone como encabezamiento de algunos de los relatos, y que son claves para una adecuada interpretación lectora. Baste uno como ejemplo, en “El idiota soñador” estas palabras de Montesquieu actúan como catalizador de la importancia que se le concede a la apariencia de las gentes y de las cosas, de cómo en muchas ocasiones la mejor manera de transgredir las normas sociales es obviarlas, por medio de una aparente locura o tontuna –que es otra manera de soñar–: «He observado muchas veces que para prosperar en este mundo hay que tener aire de tonto sin serlo» (p. 171).
        Las condiciones culturales del autor también se dejan sentir en el aire borgiano que poseen muchos de estos relatos, donde se vislumbran espacios ficticios con fragmentos llenos de atrayentes referencias filosóficas o científicas, como se aprecia en “El pedestal”: «Al norte de la estrella se abrió una libreta amarillenta, reviradas sus esquinas, y en sus primeras páginas aparecían infinidad de números, medias aritméticas, geométricas, armónicas y cuadráticas, modas y desviaciones, y razones e índices; en las centrales se distinguían gráficos de coordenadas, sectores circulares, series estadísticas de frecuencias, diagramas rectangulares y polares, y muchos histogramas» (p. 10).
        Otro de los ejes cardinales de ese culturalismo que atesora Antolín Dávila son los guiños surrealistas que integran los cuentos. “La dama negra”, verbigracia, proyecta una clara reminiscencia surrealista, con una notable presencia de la literatura del absurdo, en la que destaca un fino humor irónico que busca la connivencia del lector, que se hace más que nunca necesario: «Si usted piensa adquirir una gata de compañía cómpresela mecánica, de cualquier color distinto al negro, que no tenga bigote, ni maúlle, ni pueda mear igual que esas muñecas estúpidas, capaz de estarse quieta todo un día, sobre la cómoda, por ejemplo, y mucho menos que tenga alguna posibilidad de mostrar su carácter o sea tan atrevida como para enseñar algo a quienes le rodean, incluso sus garras, por muy maestra felina que se crea. En fin, si hace caso del consejo, su gata ha de ser digna de lástima, como la dama negra» (p. 29).
        Aquí se formula un rasgo determinante en La feria de los lindos sueños: la implicación del lector, que es requerida por Antolín Dávila desde el inicio de todos sus cuentos. La segunda persona de la narración se hace presente casi por exigencia del guión. El autor consigue que miremos hacia lo que nos relata desde la primera línea, la llamada al “tú” es constante; entre otros motivos porque los cuentos son muy narrativos, desde que se inicia el proceso de lectura se crea una expectativa que se irá incentivando según avanza la historia. Para ello, el autor utiliza unos diálogos verosímiles, con personajes muy bien caracterizados a pesar de la brevedad que comporta la estructura de un cuento –en este sentido, es más que recomendable detenernos en la lección compositiva que supone “El cementerio de los arrastrados”, en el que los protagonistas están descritos con un ejercicio de orfebrería minimalista–. La expresión literaria es ágil, pero al tiempo intensa, con mucha esencialidad dentro y con imágenes que son cuadros para ver una y otra vez: «Ese hombre que pesca parece un muerto» (p. 107), « El mar se cargó de música» (p. 216).
        Estoy leyendo un libro de cuentos, del que disfruto con la sensación de estar dormido auque sé que no es así, que estoy despierto; porque, como digo, lo leo y paso las páginas; y aparecen nuevas historias y otros personajes, que me subyugan y no soy capaz de dejar de leer porque he entrado en una especie de carrusel fantástico, de circo, de lugar donde se celebra una fiesta para el gusto de divertirse con la lectura. He entrado, y no quiero salir, en La feria de los lindos sueños.


Francisco J. Quevedo García
Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria
 

Presentación de La feria de los lindos sueños

El caudillo de las sombras y otros cuentos

 

 

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